SOLDADO MARCELO DANIEL MASSAD

SU SANGRE QUEDÓ EN EL ROSARIO.

En las primeras horas del 12 de junio de 1982 el monte Longdon, impregnado de bruma y acuchillado por el viento polar que envuelve las islas, es el escenario de las embestidas de las tropas británicas. Una y otra vez han sido rechazadas. Pero a pesar de pagar muy alto el precio, cada vez están más cerca. Cubierto por el refugio natural de rocas y turba, el soldado Marcelo Daniel Massad, que pertenece a la compañía “B” del Regimiento de Infantería Mecanizado 7 “Coronel Conde”, acaricia el doble rosario que cuelga de su cuello. 

El hecho de que sea doble tiene su explicación. Uno de los rosarios, el de color oscuro, le ha sido entregado por el Ejército; el otro, el de color blanco ambarino, se lo regaló su madre antes de la partida al Atlántico Sur. El joven soldado ha unido a los dos. Ese rosario le trae la memoria de Dalal, su madre, de su padre Said y de sus hermanas Yamilé y harina. Daría lo que no tiene por estar con ellos esta noche. Y sólo le basta cerrar los ojos para imaginarse la calidez de su hogar en el barrio de Banfield. Sólo le basta cerrar los ojos para recordar a Niki, su novia, mientras pasean por las cuadras del viejo barrio impregnadas con perfume a jazmín.

Pero cuando abre los ojos, los rostros queridos ya no están. Sólo la noche fría y tenebrosa, plagada de acechanzas, se yergue ante él.

Un ruido a su derecha hace que reaccione como lo haría un soldado, tomando su FAL. Pero el que viene no es enemigo.

Es Jorge Suárez, soldado conscripto al igual que él. La guerra, el peligro común, los padecimientos, los han hermanado. Suárez se acomoda a su lado y apronta su fusil. -Parece que nos dan un respiro…- murmura el joven Massad. -No te la creas, Dani. Van a venir en cualquier momento…-resopla Suárez.

Los efectivos del regimiento están alertas. En las jornadas anteriores se ha combatido duramente. Nadie lo dice pero todos saben que la guerra se acerca a su fin. Todos saben que los últimos combates están próximos y serán duros, muy duros. Pero nadie afloja, enclavijan los dientes y los dedos índices acarician los gatillos.

Y de pronto, la quietud de la noche se hace trizas como un negro espejo reventado. Una bengala surca los cielos y convierte por unos instantes en día la oscuridad. El aire se llena de gritos, de estampidos. Los ingleses vienen trepando por las laderas. Vienen con gritos inacabables en sus gargantas.

La fusilería estalla en las posiciones argentinas. Lenguas de fuego brotan de las ametralladoras, de las pistolas, de los fusiles. Los ingleses siguen trepando la ladera, pagando un alto precio de vidas por cada metro de terreno que ocupan.

Ruge el combate. Hay choques cuerpo a cuerpo. Los mutuos enemigos se ven el rostro. Rostros tiznados y desaforados que sólo han visto en ese momento y que están tan llenos de furia como el de ellos mismos. Y matan y mueren sin dar ni pedir cuartel.

Al fin, el peso del número y las armas comienzan a desnivelar la balanza a favor de los ingleses que han sido detenidos en este feroz y último asalto, pero el dispositivo defensivo no resistirá una nueva embestida y la compañía “B” recibe la orden de replegarse. -¡Vamos ! ¡Vamos! – grita un sargento, movilizando a quienes quieren quedarse a ofrecer la última a resistencia; y los remisos deben obedecer. -¿Qué pasa, Dani? Vamos…- urge Suárez a su compañero. -Mira. Esos de abajo… no oyeron la orden de repliegue y siguen en sus puestos- señala Massad. Indicando a un pequeño grupo de soldados conscriptos que se han quedado más abajo, atrincherados y agrega: -Quédate aquí. Bajo a avisarles.

Uniendo la acción a la palabra, Massad se larga cuesta abajo.

Ya está a unos pocos metros del grupo.

Lo ven llegar. -Vamos. Muchachos. Hay que replegarse- les avisa.

Prestamente se mueven sus camaradas. Massad agita las manos, animándolos m ientras pasan a su lado. Cuando pasa el último, se dispone a seguirlo.

Y entonces crepita furiosamente una ametralladora enemiga y sus dardos de plomo alcanzan al joven soldado en el pecho. Massad tambalea y cae. En un gesto postrero se lleva las manos al doble crucifijo. Quizá murmura el nombre de su madre, quizá la muerte no le da tiempo de hacerlo…

Y así, orgullosamente, reclama su lugar en el panteón de los valientes mientras el combate trepida cerca de su cuerpo ya para siempre inmóvil.

Cumplió con el juramento que hizo

El padre del soldado Massad no oculta hoy su orgullo

Nos dice el señor Said Osvaldo Massad: “La guerra no es buena, eso lo sabe cualquier persona consciente, y mucho más los que, como nosotros, hemos perdido un hijo. Pero en este caso, la Guerra de Malvinas al menos fue justa. Nosotros no fuimos a conquistar ni usurpar un territorio sino a recuperar lo que legítimamente nos pertenece y nos fue arrebatado. Algunas veces he tropezado con personas que me han dicho que esas muertes fueron tontas y vanas. Eso lo tomo como una afrenta a la memoria de mi hijo y de todos los que cayeron en las islas. Ellos, nuestros chicos, nuestros soldados, juraron ante la bandera nacional luchar por la patria y cumplieron pagando en muchos casos con sus vidas ese juramento. Decir que sus muertes fueron inútiles es desmerecer el sacrificio que hicieron y ningún argentino que se precie verdaderamente.

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